Adictos a la leche - HATAKAMA

Si ya conoces los inconvenientes que tiene sobre la salud el consumo de leche y derivados lácteos, puede que te estés preguntando qué puedes tomar en su lugar.

La respuesta es muy sencilla: no hay necesidad de encontrar sustitutos a los lácteos. La leche y los derivados lácteos no son alimentos indispensables para nuestra salud.

Llegados a este punto, quizás te parezca interesante seguir leyendo pero tienes por delante una montaña de ropa por planchar o una comida que preparar o a tu perro con ojos implorantes para ir a dar un paseo o tenías pensado estirar un rato… ¡No hay problema! Puedes escuchar el audio de este post mientras haces tus tareas 😉 Pincha aquí!

Venga, hazle feliz y sal a pasear! Puedes seguir aprendiendo mientras escuchas el audio

Adictos a la leche

Muchas veces, la necesidad de beber leche es una necesidad psicológica: la leche es el primer alimento que ingerimos cuando nacemos y además lo hacemos en brazos de nuestra mamá o nuestro papá o la persona que nos cuida. Entonces, la alimentación (y en particular, la alimentación con leche), incluso el sabor, queda asociada a la sensación de calor, protección, cariño, cuidado amoroso. Y además es así para siempre porque en esa primera etapa de la vida se forjan los grandes lazos afectivos.

Por eso, la leche es uno de los alimentos que más nos enganchan pues, de manera inconsciente, nos trae la seguridad y el amor que necesitamos.

La comida no solo satisface unas necesidades fisiológicas; cubre también nuestras necesidades afectivas. En concreto, la leche materna no es sólo lo que tu madre o tu padre o la persona que te cuidaba te dio de comer, el alimento en sí, sino también cómo te lo dio. De ese modo, la comida queda para siempre asociada con sensaciones placenteras o displacenteras. Y, como muchas veces comer es un placer, cuando hay frustración o insatisfacciones en otras esferas de la vida, se tiende a sustituir esa carencia por la comida.

El sabor de la leche materna

A principios del siglo XX un japonés describió un quinto sabor además del dulce, salado, ácido y amargo clásicos: el sabor umami, que significa algo así como apetitoso, sabroso y es el sabor característico de la salsa de soja o la carne o el caldo de pollo, un sabor que abraza a los demás, haciendo sabrosos los platos. Y que, como ves, está relacionado con las proteínas. Un siglo después, en el año 2001, un equipo de investigación americano descubrió que existía un receptor específico para el sabor umami en la lengua. Y se dio por reconocido oficialmente el nuevo sabor.

Sin embargo, no es tan nuevo. Ya los antiguos romanos disfrutaban del sabor umami con el garum (una pasta elaborada a base de pescado podrido para dar sabor -umami- a los platos) y los japoneses empleaban el dashi (un caldo empleado a modo de condimento).

Se ha visto que ambos platos, así como otros alimentos (como los tomates, por ejemplo) son ricos en el aminoácido glutamato por el cual activan los receptores del sabor umami de la lengua y así nos permiten saborear comidas sabrosas y apetitosas.

Pero el sabor umami está más anclado aún en nuestros recuerdos: la leche humana es rica también en glutamato y eso le otorga un sabor especial entre dulce y umami, además de proporcionar nutrientes importantes para el crecimiento de los niños y ayudar al desarrollo del aparato digestivo.

¿Será por eso que los humanos tenemos una especial predilección por los alimentos dulces y proteicos? ¿Es posible que el sabor umami nos traiga recuerdos de nuestro primer alimento? ¿Tendrá relación el sabor umami con la necesidad de beber leche que mantenemos durante toda nuestra vida?

La industria alimentaria lo sabe bien y ha tenido desde hace mucho tiempo un gran interés en incorporar el glutamato en su forma artificial como potenciador del sabor, ademas del dulce en sus formas más variadas. Quizás han intentado conectarnos de nuevo con ese primer sabor que nos trae tan buenos recuerdos: el sabor dulce-umami de la leche materna.