Toda enfermedad tiene un componente emocional en su origen. No digo que sea el único causante pero sí que existe siempre y que desempeña un papel fundamental en el desarrollo de la enfermedad. Del mismo modo, descubrir el componente emocional de la enfermedad nos ayudará en su curación.

Lo difícil para la mayoría es dar con el componente emocional de su enfermedad, precisamente porque tendemos a obviar el conflicto emocional: tenemos mucha prisa, nos asusta, nos avergüenza, es pecado, es estar mal de la cabeza, o ser un hippie… o simplemente no nos estamos dando cuenta. Pero ¡somos seres emocionales!

Entonces nuestro organismo se ve obligado a recurrir a un código cifrado (un síntoma) para sacar a la luz y resolver su conflicto emocional. Y el conflicto emocional que queríamos evitar se manifiesta en forma de síntoma.

¿Para qué enfermo?

La pregunta clave que debemos hacernos es: ¿para qué enfermo?

Traducir el síntoma a un lenguaje simbólico nos ayudará a encontrar el conflicto que nos hizo enfermar. Siempre habrá una finalidad última (como digo, cifrada en forma de síntoma) que nos permitirá descubrir el conflicto desencadenante.

Nos puede ayudar hacernos las siguientes preguntas:

  • ¿Cuál es el síntoma principal? Puede tratarse de: dolor, picor, inflamación, limitación de una función, lagrimeo, tos, etc. La siguiente pregunta será: ¿qué me duele en mi vida? ¿o qué me pica? ¿qué me está molestando? ¿Qué paralelismo existe entre el síntoma y mi vida emocional?
  • ¿Qué me impide hacer esta enfermedad? Quizás: ir a trabajar, salir de casa, hacer un viaje, hablar, oler, oír, ver, sonreír, sentir, masticar, respirar, tragar, digerir, orinar, etc. Y entonces tenemos que preguntarnos de qué modo nos impedimos hacer eso en nuestra vida: ¿nos permitimos parar de trabajar? ¿irnos de viaje? ¿qué no me atrevo a decir? ¿qué no quiero oler o ver o sentir? ¿qué no puedo digerir? ¿qué no me permito expulsar en mi vida?
  • ¿A qué me obliga la enfermedad? Tal vez a: guardar reposo, parar, cuidar de mí, llorar, que no me toquen, no doblar la rodilla, no mover el pie, no mirar, encerrarme en la habitación a oscuras y en un silencio total (o sea, aislarme), etc. Y entonces, ¿me permito eso cuando lo necesito? ¿he estado reprimiendo algo que necesitaba hacer? ¿en qué aspectos de mi vida no quiero o me cuesta: doblegarme, avanzar, mirar?
  • ¿Cuándo comenzó?: ¿Qué estaba haciendo? ¿Con quién estaba? ¿Qué sucedió justo antes de que debutara la enfermedad? ¿Cómo estaba viviendo en esa época? ¿Qué escuché justo antes? ¿Qué fue lo que dije? ¿Qué vi? ¿Qué pensé?
  • ¿Qué significa el órgano o parte del cuerpo que se ve afectada por la enfermedad? Piel: relaciones-aislamiento, digestivo: alimentarse-digerir, articulaciones: flexibilidad, extremidades inferiores: avanzar, extremidades superiores: trabajar, etc.
  • También nos da muchas pistas el lenguaje común: “eso no me lo trago”, “me huele mal”, “fue una puñalada”, “no da su brazo a torcer”, “me dejé la piel”, “estoy hasta las narices”, etc.

El componente emocional de la enfermedad

Sé que lo que te he contado son sólo unas nociones básicas y quizás resulten demasiado generales, pero pueden ayudarte para empezar. Si estás interesado en saber más, hay muchos libros y vídeos que te pueden ayudar. Uno muy recomendable es “La enfermedad como camino”, de T. Dethlefsen y R. Dahlke.

Por mi parte, iré desarrollando el componente emocional de enfermedades concretas poco a poco a lo largo del blog.

Dar con el componente emocional de la enfermedad y desenmascarar el conflicto que nos hizo enfermar hará que para el organismo deje de ser necesario “hablarnos” en forma de síntomas y pueda recuperar su equilibrio. No será de inmediato, seguramente, pero se habrá abierto la puerta del camino de la curación.