El aumento explosivo del consumo de azúcares, derivados lácteos y comida procesada está contribuyendo al desarrollo de la epidemia de cáncer de la actualidad. Los picos de glucosa-insulina, la disminución de ácidos grasos omega 3 y el aluvión de sustancias tóxicas están saturando nuestro organismo.

Pero ¿cuáles son los alimentos más peligrosos para nuestra salud y el desarrollo de cáncer?

1. El azúcar y las harinas refinadas

Cuando consumimos azúcar y harinas refinadas, se produce un aumento repentino de glucosa en la sangre (o glucemia). Este pico de glucemia estimula la secreción brusca y notable de insulina. Ya explicamos en este blog que esos picos de insulina favorecen el desarrollo de la inflamación y múltiples enfermedades, desde un simple resfriado hasta algo tan grave como el cáncer.

Pero hay más: junto con la insulina se libera una sustancia llamada IGF (factor de crecimiento similar a la insulina), que estimula el crecimiento celular. Es decir, que el azúcar y las harinas refinadas nutren los tejidos y hacen que crezcan más deprisa. Y, en un tejido tumoral, esto significa que el azúcar y las harinas refinadas estimulan directamente el crecimiento de las células cancerosas y potencian su capacidad para invadir los tejidos vecinos. Este efecto potenciador tumoral del azúcar es tan importante que su descubrimiento mereció el premio Nobel en Medicina al biólogo alemán O. H. Warburg.

Llegados a este punto, quizás te parezca interesante seguir leyendo pero tienes por delante una montaña de ropa por planchar o una comida que preparar o tenías pensado estirar un rato… ¡No hay problema! Puedes escuchar el audio de este post mientras haces tus tareas 😉 Pincha aquí!

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Por este y otros mecanismos hay motivos para creer que el aumento explosivo del consumo de azúcares en nuestra dieta está contribuyendo al desarrollo de la epidemia de cáncer que estamos viviendo en la actualidad. Es una razón más para reducir al máximo el consumo de azúcar y harinas refinadas y, en general, de los alimentos de alto índice glucémico.

Sustitúyelos por alimentos de bajo índice glucémico, cereales integrales y edulcorantes naturales como la estevia.

2. Los productos lácteos

Sería más correcto decir que hay que reducir el consumo de productos lácteos no procedentes de producción ecológica. Pues el problema no está en los lácteos en sí sino en su calidad.

Me explico.

A partir de mediados del siglo XX, cuando la demanda de productos lácteos y de carne de vacuno se incrementó mas allá de la capacidad natural de producirlos, los granjeros tuvieron que buscar trucos para sortear las limitaciones impuestas por la naturaleza. En su estado natural, las vacas paren en primavera y dan leche durante meses hasta el final del verano. En esa época, los pastos son muy ricos en ácidos grasos omega 3, fundamentales para el correcto desarrollo y crecimiento de sus crías. Por eso, esos ácidos grasos se encuentran en grandes concentraciones en la leche extraída de estas vacas y en sus derivados (mantequilla, queso, yogur y crema). Pero para que la empresa sea rentable los productores de lácteos necesitan que sus vacas produzcan leche continuamente, 365 días al año, y en gran cantidad… Y tener más vacas, en menos espacio… ¿Cómo conseguirlo?

Por un lado, sustituyeron la alimentación natural en forma de pasto por piensos a base de cereales (maíz, soja y trigo). Estos alimentos no contienen apenas ningún ácido graso omega 3 y, en cambio, son ricos en omega 6, un potente pro-inflamatorio y estimulante del crecimiento celular.

(Se ha observado que lo mismo ocurre con los pollos: los huevos de gallinas alimentadas a base de maíz tienen un alto contenido en ácidos grasos omega 6 en relación con los ácidos grasos omega 3).

Por otra parte, al tiempo que se modificaba la alimentación de los animales de granja, se empezó a suministrarles ciertos fármacos para hacerlos engordar más rápidamente o para estimular una mayor producción de leche. Estas hormonas se almacenan en la grasa y se excretan en la leche… y de ahí pasan al consumidor. Pero no sólo eso: se ha comprobado que algunas de estas hormonas, como la rBGH (recombinant bocine growth hormone) o BST (somatotropina bovina), estimulan la producción de IGF (¿os acordáis? la sustancia que favorece el crecimiento tumoral) y que ésta pasa a la leche y de ahí, de nuevo, directamente al consumidor.

Por eso, es fundamental reducir el consumo de productos derivados de los animales de granja (como la carne de vacuno o de pollo, la leche, los derivados lácteos y los huevos) de producción industrial y optar por los de origen ecológico.

3. Las grasas trans

Me refiero a la margarina y todas esas grasas de origen vegetal que se encuentran en multitud de alimentos procesados. Se llaman grasas trans o grasas hidrogenadas porque se elaboran mediante un proceso de hidrogenación a partir de grasas de origen vegetal (aceite de soja, de palma o de colza, principalmente). De ese modo, pasan de ser grasas líquidas a un estado semi-sólido, fácil de conservar y de emplear.

Pues bien, esa modificación de su estructura molecular no las hace sólo más útiles para la industria alimentaria sino también más perjudiciales para nuestra salud. Las grasas trans son más difíciles de digerir y más inflamatorias que los aceites omega 6 en su estado natural.

Así que, ya sabéis: ¡nada de margarina! y reducid todo lo posible los alimentos procesados (sobre todo, la bollería industrial, el pan de molde, los platos precocinados, los fritos industriales, etc.).