El miedo es una excusa - HATAKAMA

Con 35 años empecé a hacer Natación Sincronizada. ¿Una locura? Bueno, era el sueño de mi vida, no pude hacerlo de niña y ahora se presentaba la oportunidad… ¡No podía dejarla escapar!

Siempre lo he creído pero acabo de leer un libro (que por cierto os recomiendo), The War of Art, de Steven Pressfield, que me ha animado a decirlo: desde que nacemos ya somos lo que somos. Nacemos con una personalidad definida y un talento especial para una determinada tarea. Venimos con una misión, un trabajo, una función que realizar…

Y lo sabemos porque lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón.

Después, según las experiencias que vayamos viviendo, ese talento podrá fructificar o no. Pero nunca se perderá: quedará encerrado, como un tesoro escondido, como una semilla protegida en su cáscara, esperando el momento de poder germinar.

Cuando era niña soñaba con hacer Natación Sincronizada. Pasaba horas en el agua buceando, jugando a ser un delfín, dando volteretas, haciendo el pino, dibujando figuras… Me quedaba hipnotizada viendo a esas sirenas de las películas de Esther Williams o, más adelante, a las sirenas-deportistas de las (pocas) competiciones que retransmitían por televisión. Quería ser una de ellas.

Pero las circunstancias familiares no lo permitían y tuve que renunciar a ello. Y, para no sufrir, lo fui olvidando, arrinconándolo en un lugar remoto, guardándolo como un profundo secreto.

Cumplidos los 30, entendí que era mi espinita clavada en el corazón. Tendría que irme de este mundo sin haber probado siquiera lo que tanto me gustaba.

Sin embargo, un día, con casi 35 años, se presentó la oportunidad de hacer Natación Sincronizada. ¡No me lo podía creer! ¡Qué alegría! ¡Qué ilusión! ¡Qué emoción! Pero ya era mayor, era médico (¿y si me veían mis pacientes?), daba conferencias, era una persona seria y responsable… ¿y esta locura?

El miedo es una excusa

En mi primera competición 🙂

Pues, ¿sabéis qué? Hacer Natación Sincronizada era tan importante para mí que todo eso me dio igual.

Debemos hacer realidad nuestro potencial, hacer germinar la semilla que cada uno lleva dentro y cumplir con nuestro propósito. Nuestra tarea vital no es encajar en un ideal que un día pensamos que debíamos ser y amoldarnos a esa estructura que identificamos como nuestra vida. Nuestra vida es encontrar lo que realmente somos y convertirnos en ello. En nosotros mismos.

Si no lo hacemos no sólo nos herimos, e incluso enfermamos por ello, herimos a los demás, a nuestros hijos, al mundo entero. Herimos a la vida, que nos dio un potencial exclusivo para que lo hiciéramos realidad.

Pero hacer realidad un sueño asusta… mucho. ¡Muchísimo!

“Tenemos miedo de sufrir las consecuencias de escuchar al corazón. De los problemas económicos, de arruinarnos, de ser insolventes. De tener que arrastrarnos para luchar por ello. O de tener que arrastrarnos cuando nos rindamos y debamos volver al punto de partida. Tenemos miedo de ser egoístas, de fallar a nuestras familias, de sacrificar sus sueños por los nuestros. Miedo de traicionar al clan. Miedo de fracasar. De parecer ridículos. De echar por tierra toda nuestra trayectoria, nuestra educación, la preparación por la que tanto se sacrificaron nuestros padres y por la que nosotros mismos nos dejamos la piel. Miedo de saltar al vacío. De pasar un punto de no retorno. Miedo de habernos vuelto locos.

Pero el mayor miedo de todos, el verdadero miedo, es el miedo al éxito. El miedo a que podemos acceder a ese poder que secretamente sabemos que poseemos. El miedo a que podemos convertirnos en la persona que sabemos, en lo más profundo de nuestro corazón, que realmente somos. Tenemos miedo a descubrir que somos más de lo que pensamos que somos. Más de lo que nuestros seres queridos piensan que somos. Tenemos miedo a poseer de verdad ese talento que una vocecita interior tímidamente nos dice que tenemos. Nos asusta salir de la tribu, ser unos raros, que nos rechacen, quedarnos solos.”

(Estos párrafos fabulosos son de Pressfield).

Parece algo para asustarse de veras, ¿a que sí? Sin embargo, esos miedos no son más que una excusa para no luchar por nuestro sueño; excusas del ego para que no salgamos más allá de los límites seguros de nuestra zona conocida, para que no escuchemos más al corazón que a la cabeza. Son excusas para no saltar… y salir volando.

Mi primera medallaPero, ¿sabéis una cosa? Cuando nos ponemos manos a la obra y nos atrevemos a luchar por conseguir nuestro sueño, la vida nos ayuda. Ocurren casualidades maravillosas, encuentras gente que no imaginabas que existía, se te abren puertas, las cosas fluyen. Todo para que consigas eso tan valioso por lo que te has atrevido a pelear. Eso que tú y solo tú puedes hacer.

No te rindas de antemano. ¡Merece la pena intentarlo todo por un sueño!

“Si sientes un deseo profundo por algo, es que tienes las capacidades necesarias para lograrlo” (P. Drouot).