Hace pocos días se celebraba el aniversario del nacimiento de uno de los médicos más importantes de la historia moderna, Ignaz Fülöp Semmelweis, el héroe de la antisepsia obstétrica, que ha servido para salvar la vida de millones de personas. Pero murió solo y enajenado, con la amargura de no ver reconocido su trabajo. Por eso, desde aquí, quiero dedicar un homenaje al Dr. Semmelweis, un adelantado a su tiempo y, sin duda, un héroe no reconocido.

SemmelweisIgnaz Fülöp (Ignacio Felipe, en español) Semmelweiss nació en Hungría el 1 de julio de 1818. Cuando se encontraba en Viena cursando su carrera de Derecho, la participación en una autopsia le hizo cambiar de planes y decidió dedicarse a la Medicina.

Doctorado en Obstetricia, entró a formar parte del equipo médico de una de las maternidades del Hospital General de Viena.

Ya habían aparecido las primeras publicaciones recomendando medidas higiénicas en el entorno sanitario, como el lavado de manos tras asistir a los enfermos y la utilización de antisépticos para la limpieza del instrumental médico.

En la Maternidad de Viena habían empezado a aplicarse dichas normas, logrando reducir notablemente la mortalidad por fiebre puerperal. Pero el nuevo médico al frente, Dr. Klein, dejó de aplicar esas medidas y la mortalidad ascendió hasta casi el 30% (lo que significa que 1 de cada 3 mujeres atendidas fallecía tras el parto). Sin embargo, no sólo el Dr. Klein, sino la mayor parte del estamento médico oficial era reacio a aceptar esas conclusiones y los obstetras más influyentes del momento menospreciaron y rechazaron públicamente las medidas higiénicas.

En ese contexto, Ignacio Semmelweis desarrolla su propia línea de investigación:

  • La tasa de mortalidad entre las parturientas es elevada.
  • La muerte se produce tras un cuadro de fuertes dolores, fiebre y olor fétido.
  • Existe una clara diferencia en las tasas de mortalidad entre las dos salas de Maternidad: la sala dirigida por el Dr. Klein, y frecuentada por estudiantes de Medicina que atienden a las parturientas tras asistir a disecciones en el pabellón de Anatomía, cuenta con una mortalidad del 96%, mucho más alta que la de su colega el Dr. Bartch, frecuentada únicamente por matronas.

Semmelweis lanza la incómoda hipótesis de que los estudiantes de Medicina deben de transportar algún tipo de materia desde los cadáveres hasta las mujeres que origina la fiebre puerperal. Decide instalar un lavabo a la entrada de la sala de partos y obliga a los estudiantes a lavarse las manos antes de explorar a las embarazadas. Pero el Dr. Klein no está de acuerdo, se niega a aceptar esa medida y expulsa al Dr. Semmelweis.

Al leer las cartas que enviaba a un amigo, podemos imaginar la desesperación de Semmelweis: «No puedo dormir ya. El desesperante sonido de la campanilla que precede al sacerdote portador del viático, ha penetrado para siempre en la paz de mi alma. Todos los horrores, de los que diariamente soy impotente testigo, me hacen la vida imposible. No puedo permanecer en la situación actual, donde todo es oscuro, donde lo único categórico es el número de muertos.»

Entonces se produce uno de esos “momentos eureka!” en los que sólo las mentes brillantes y bien preparadas son capaces de ver la importancia de un hecho aparentemente casual: un profesor de anatomía fallece tras un cuadro de fuertes dolores, fiebre y olor fétido… días después de haberse producido un corte en el curso de una disección. Este hecho convence a Semmelweis de que está en lo cierto.

Admitido de nuevo en la Maternidad como ayudante del Dr. Bartch, obliga a todos los estudiantes que hayan participado en una disección en las últimas 24 horas a lavarse las manos con agua clorada; y la mortalidad puerperal disminuye hasta el 12%. Pero aún hay más: cuando todo aquel que va a explorar a una embarazada se lava las manos, la mortalidad puerperal cae al 0,23%.

Concluye que las manos pueden ser vectores de transmisión de sustancias infectantes. El problema es que esas manos son de los propios médicos…

Semmelweis - Dra. Isabel Belaustegui

Los principales obstetras y cirujanos europeos ignoran o rechazan los descubrimientos de Semmelweis. Llegan a calumniarle y a acusarle de haber falseado los datos. Y Semmelweis es definitivamente expulsado del Hospital General de Viena.

Aceptado en la Maternidad de Budapest, regresa a su Hungría natal. Allí logrará hacer desaparecer casi por completo la mortalidad puerperal, mientras se dedica a la elaboración de su libro De la etiología y la profilaxis de la fiebre puerperal.

Desesperado por lo que considera un crimen contra las embarazadas y asqueado ante la actitud del estamento médico, se lanza a una agresiva campaña de divulgación de lo que está ocurriendo: reparte folletos por las calles y escribe cartas como ésta:

“Carta abierta a todos los profesores de obstetricia: Me habría gustado mucho que mi descubrimiento fuese de orden físico, porque se explique la luz como se explique no por eso deja de alumbrar, en nada depende de los físicos. Mi descubrimiento, ¡ay!, depende de los tocólogos. Y con esto ya está todo dicho… ¡Asesinos! Llamo yo a todos los que se oponen a las normas que he prescrito para evitar la fiebre puerperal. Contra ellos, me levanto como resuelto adversario, tal como debe uno alzarse contra los partidarios de un crimen! Para mí, no hay otra forma de tratarles que como asesinos. ¡Y todos los que tengan el corazón en su sitio pensarán como yo! No es necesario cerrar las salas de maternidad para que cesen los desastres que deploramos, sino que conviene echar a los tocólogos, ya que son ellos los que se comportan como auténticas epidemias…”

Ese gesto empeora aún más su situación pública y, en ese entorno hostil, cae en el aislamiento, la depresión y la enfermedad mental, y es ingresado en un asilo.

Aprovechando la libertad de un día de alta médica, se cuela en la sala de disecciones del hospital y, ante el público asistente, toma un bisturí, abre un cadáver y posteriormente se provoca una herida. Es su última hazaña científica. Quiere que todos vean que existe una relación directa entre la infección por material procedente de autopsias y la peligrosa fiebre puerperal.

Semmelweis - Dra. Isabel BelausteguiEfectivamente, morirá días después, el 13 de agosto de 1865, tras un cuadro de fuertes dolores, fiebre y olor fétido.

La vida de Ignacio Semmelweis es un triste historia: la historia de un hombre que fue castigado, humillado e incluso muerto por gritar la verdad. Pero tiene un final feliz: con el tiempo la verdad acaba saliendo a la luz. La misión de Semmelweis terminó dando importantes frutos, aunque con retraso: 20 años después se sentarían las bases de la asepsia y el reconocimiento de la patogenicidad de las bacterias. Semmelweis fue un adelantado a su tiempo.

En el hospital General de Viena una estatua en honor a Ignacio Semmelweis recibe a los visitantes. En la base se puede leer una inscripción que hace honor a la dedicación de su vida: “Semmelweis, el salvador de las mujeres”.